El
Banco de España y la patronal y muchos analistas a sueldo (y amateurs,
que de todo hay en la viña del Señor) siguen recomendando las fórmulas
que tan buenos resultados nos vienen dando en estos años de crisis:
bajadas de salarios y modificación del mercado de trabajo, que es la
forma fina con la que nos dicen que hay que ir al modelo del ahí te
quedas y te pudras cuando el empresario crea que sus beneficios ya no
son tan suculentos como deberían o le parece que por tu salario pueden
contratar a cuatro jóvenes sin experiencia y todavía ahorrarse unos
euros.
Está
saliendo todo tan bien en España en particular y en los países del sur
de Europa en general, que no me extraña que sigan recomendando esas
fórmulas con las que, de seguir así, pronto pasarán del “hemos vivido
por encima de nuestras posibilidades” al “no tenéis posibilidad de
seguir viviendo”.
El
ser humano es destructivo y cuanto más ha costado construir algo, mayor
parece la satisfacción al derribarlo. Quizás por eso, porque la
construcción de la UE ha sido tan larga y costosa, sea tan grande el
interés que en destruirla se han tomado los países del Norte.
Con
Merkel de jefa de los dinamiteros y el resto de países ricos ansiosos
por deshacerse de los vagos y sucios pueblos del sur, han cogido la
piqueta y se han puesto a demoler el edificio aun a riesgo de que los
cascotes les golpeen en su propia cabeza.
Aquí,
en España, nuestros empresarios se sienten como nuevo Unamunos y gritan
sin parar: que paguen ellos, que creen puestos de trabajo ellos...
Esperan que sean otros los que creen los puestos de trabajo y paguen
salarios que permitan a las familias consumir algo más que artículos de
primera necesidad. Y entre tanto se lamentan por las cifras de la
economía que siguen informando lo que todos sabemos: que el enfermo está
en estado de coma y sus constantes vitales no auguran un feliz
desenlace.
Ahora
toca lamentarse por las pobres cifras del turismo interno en esta
Semana Santa y, como somos geniales engañándonos a nosotros mismos, le
echamos la culpa al mal tiempo.
Pues
sí, son malos tiempos, pero no es el atmosférico el causante de esos
malos datos, sino los tiempos en los que nos ha tocado vivir, dirigidos
desde fuera por países que se ven como hormigas y que nos ven como
molestas cigarras, sin comprender que la sociedad capitalista sólo
funciona con un buen equilibrio entre estos dos animales de la fábula, y
han decidido que ha llegado el invierno y no piensan aliviar la
situación a la que hemos llegado por nuestra mala cabeza al haber dejado
en manos de golfos e inútiles el gobierno de nuestros países en los que
hasta hace nada se se ataban los perros con longaniza y se llevaban al
veterinario a bordo de Mercedes, BMWs y Audis que los bancos nos habían
animado a comprar con una hipoteca por el 110% del valor de una casa que
no valía ni el 70%.
Me
gustaría que alguno de los genios que recomiendan trabajos precarios y
mal pagados nos dijera, antes de regresar a la lámpara de Aladino, si
piensa que el futuro de España pasa de nuevo por la obra pública, ya que
no creo que hayan bastantes puentes para alojarnos a todos. O si la
ganadería intensiva tendrá un futuro esperanzador para poder facilitar
burros de alquiler a todos los que no tendremos dinero, no ya para pagar
el coche, sino tan siquiera la gasolina.
Permanezcan
atentos a sus pantallas y no se extrañen si ven construir puentes donde
no hay ríos; no crean que se trata de continuar con la acertada
política de hacer aeropuertos sin aviones, estaciones sin trenes o
puertos sin barcos. No. Se tratará del resurgir de la nueva edificación
residencial.
Lástima que los residuos del nuevo medio de transporte sean tan visibles, porque lo que es el olor pasaría desapercibido.
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