sábado, 6 de diciembre de 2014

Hay muchas formas de entorpecer la labor de la justicia

Nuestros políticos siguen considerándonos como a auténticos estúpidos y por eso siguen más empeñados en defender su statu quo que en trabajar de verdad para resolver nuestros problemas. Ellos tienen muy claras sus prioridades: mantenerse en el puesto como sea y a ese fin sacrifican todo lo demás.
El PP y el PSOE están preocupados por la fuerza con la que ha irrumpido en la política española el partido de Pablo Iglesias, Podemos, pero muestran una total falta de ideas para combatir a un partido que es especialista en hacer diagnósticos pero que no tiene ideas viables para curar las enfermedades.
Los dos grandes problemas de la sociedad española son el paro y la corrupción. En cuanto al primero, ni el PP, ni el PSOE saben qué medidas tomar para reducir el desempleo a niveles razonables y en lo que respecta a la corrupción, se empeñan en disimular la que afecta a su partido señalando insistentemente la que afecta al partido rival.
El espectáculo protagonizado hace unos días en el Congreso por Rajoy y Pedro Sánchez arrojándose los casos de corrupción a la cabeza fue lamentable y dejó patente que ninguno de los dos quiere acabar de verdad con esa lacra de nuestra política que nos ha arruinado económica y socialmente.
La última ocurrencia, por no llamar tomadura de pelo, del gobierno es limitar la duración de las instrucciones bajo el paraguas de luchar contra la corrupción. Con esa excusa, lo que buscan en realidad es limitar las investigaciones de los jueces, que deberán reducir el alcance de sus pesquisas para poder sacar adelante alguna parte sacrificando lo demás para evitar superar los plazos fijados. Las instrucciones serán más deficientes, aumentando las posibilidades de que los errores durante la fase de instrucción malogren el resultado final del proceso. Y, por fin, aumentarán las prescripciones, que es el objetivo de las prácticas dilatorias de muchos abogados, ante la imposibilidad de defender de otra forma a sus clientes.
Si de verdad quisieran luchar contra la corrupción, si desearan que los procesos no se eternizaran, si tuvieran como objetivo que la jusiticia condenara a los culpables de corrupción de manera rápida y efectiva, en lugar de limitar por ley la duración de la instrucción, buscarían el mismo efecto dotando de medios a la justicia, dando apoyo a los jueces que instruyen causas con decenas o centenares de imputados (Gürtell o los EREs) y que no reciben ningún apoyo para desarrollar un trabajo que les exige un esfuerzo titánico.
Pero no hacen eso, ni hablar, se quejan, hipócritamente, de que la instrucción se prolonga demasiado los mismos que congelan las plazas de jueces, que mantienen a los juzgados con los mismos medios que en el siglo pasado y que, en definitiva, no toman una sola medida para modernizar y agilizar la justicia.
Un dato que ejemplifica muy bien todo lo dicho es que en España hay 11,2 jueces por cada 100.000 habitantes, mientras que la media en Europa es de 21.
No es necesario añadir nada más, si acaso, que hay muchas formas de entorpecer la labor de la justicia.

domingo, 9 de noviembre de 2014

9N

Yo soy de los que creen que es necesario hacer una consulta en Cataluña para conocer el alcance del problema que los políticos catalanes han puesto en el primer lugar de los intereses de los catalanes, cuando estoy seguro de que hay muchas personas en Cataluña a las que, más que la independencia, lo que les preocupa es llegar a fin de mes, dar de comer a sus hijos tres veces al día, encontrar un tarbajo digno, no ser explotadas por empresarios sin escrúpulos, tener una asistencia sanitaria decente...
Soy partidario de organizar una consulta, pero una consulta legal, democrática y con todas las garantías. Me parece indignante que Mas y los partidos independentistas ofrezcan a sus ciudadanos este sucedáneo del 9N. Me parece una gran falta de respeto a los catalanes, a todos los catalanes, a los partidarios de la independencia y a los que no lo son, que también tienen sus derechos aunque nadie parece acordarse de ellos, que organicen una consulta sin censo, sin ninguna garantía democrática, lo que quitará toda validez a lo que salga de esas urnas tramposas que han decidido instalar abusando de la buena fe de muchos independentistas e ignorando a los que no lo son.
La independencia de un país es una cosa demasiado seria, que tiene muchas implicaciones de todo tipo: sentimentales, económicas, culturales... como para actuar con tanta ligereza y frivolidad.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Podemos. ¿Quién puede?

Parece que todo empezó hace unos años cuando, durante los gobiernos de Zapatero, algunos comenzaron a desprestigiar lo que había sido considerado por todos y en todas partes un gran logro de todos los españoles: la transición, el paso de una dictadura a una democracia parlamentaria de manera pacífica y ejemplar.
En esos años empezaron a alzarse la voces que decían que la transición se había hecho sobre el silencio de las víctimas: los perdedores de la guerra civil y los represaliados y asesinados por la dictadura, y, con el aliento bienintencionado e ingenuo Zapatero, comenzó lo que se dió en llamar la recuperación de la memoria histórica.
Al tiempo comenzaron los ataques a la Constitución del 78 y, de manera destacada, a la jefatura del estado. La monarquía volvía a estar entredicho con el pueril argumento de que una gran parte de los españoles no había tenido ocasión de votar la constitución y, por tanto, no había podido elegir entre monarquía y república. A esto se unía una batería de pseudoargumentos como que en el 78 se había votado con miedo a una vuelta a la dictadura y, por tanto, sin libertad; de modo que la constitución carecía de valor suficiente como garante de nuestra forma de estado.
Con la colaboración inestimable del entonces rey Juan Carlos I, el asedio a la corona llegó a su punto culminante y terminó con la abdicación. Se había superado otra etapa y ahora los republicanos, conscientes seguramente de que a corto plazo no es posible conseguir otra abdicación, han vuelto a un discreto segundo plano.
Tampoco se habla apenas ya de la memoria histórica y la reforma de la constitución parece un tema olvidado, salvo para usarlo como mantra por los socialistas como si fuera la fórmula mágica para solucionar el problema de Cataluña.
Pero como la historia sigue su curso y ésta no es producto de la casualidad, nos encontramos ahora en un momento crucial para España: el más que posible fin del actual régimen.
El gran problema de España no es Cataluña, que es un gran problema, pero que se podría solucionar, como tantas cosas en este país, con una mínima colaboración entre los dos grandes partidos, PP y PSOE, a los que ayudarían, sin duda, otros minoritarios como UPyD o Ciudadanos. El gran problema es la descomposición del PP y el PSOE que están viendo cómo su capacidad de influencia en la mayoría de los ciudadanos se está disolviendo, cada vez a más velocidad, en el ácido de su propia corrupción que, por mucho que repitan que se trata de casos aislados, es estructural.
Con una crisis profunda y tan prolongada en el tiempo como la que estamos sufriendo desde 2007; con los millones de parados que se ha cobrado; con las recetas aplicadas para combatirla, que ha metido de lleno en la pobreza a capas de la sociedad que se creían al abrigo de la misma y que ha dejado diezmada a la clase media española; era solo cuestión de tiempo que apareciese un salvador que, en España, tendría que ser de izquierdas. Y ya ha aparecido. Con un líder que hace dos años era un perfecto desconocido para la mayoría de los ciudadanos, un gris profesor universitario que se movía en los márgenes de la política española defendiendo a los nuevos regímenes bolivarianos de hispanoamérica, aparece una formación de aluvión unida por la argamasa del descontento, la condena a los partidos tradicionales que no han sabido dar una respuesta a los ciudadanos ante la terrible crisis y el asco por una corrupción que parece haber calado hasta los tuétanos de partidos y sindicatos.
Pablo Iglesias se convierte en un líder de masas gracias a la cobertura que le ofrecen las cadenas de televisión, Cuatro y La Sexta, que mantienen una línea editorial progresista a pesar de que ya no pertenecen a sus fundadores.
Es entendible que esas cadenas quieran cubrir ese espectro de la sociedad que se ve más indentificado con ideas progresistas. Tienen sus audiencias y eso es lo que cuenta para un medio de comunicación.
El caso es que esas cadenas que en ningún momento dieron (ni dan actualmente) ni la décima parte de cobertura a los nuevos partidos que empezaban a surgir: UPyD y Ciudadanos, por ejemplo, regalaron horas de televisión a Pablo Iglesias hasta convertirlo en el fenómeno político que es actualmente.
Es cierto que sin la crisis, las medidas que el PP ha aplicado para combatirla y la corrupción que asola a los dos grandes partidos, Pablo Iglesias no dejaría de ser un personaje pintoresco en los debates televisivos, pero, en ese caldo de cultivo, parece haberse convertido en una alternativa de gobierno.
Llegados a este punto podríamos hacernos algunas preguntas. ¿Por qué afloran ahora casos de corrupción por todas partes, cuando los manejos ilegales se remontan a muchos años atrás? Hay una respuesta evidente: la policía, la guardia civil y los fiscales son los que investigan y ponen las pruebas en manos de los jueces. En efecto, pero ¿quién proporciona el hilo del que tiran los investigadores para llegar, precísamente ahora, a la madeja de la trama?
¿Por qué a pesar de que Podemos tiene unos planteamientos declaradamente antisistema y de que no disimula su poco cariño a la economía de mercado sigue recibiendo, y gratis, una amplísima cobertura por parte de las ya citadas cadenas de televisión, cuyos dueños no parecen ser unos amantes de la revolución, ni bolivariana, ni de ningún otro tipo?
A mí se me ocurren unas pocas respuestas a estas preguntas y todas ellas son muy inquietantes.

domingo, 19 de octubre de 2014

Kike Figaredo y su opinión sobre su primo Rodrigo Rato

El prefecto apostólico de Battambang, el gijonés Kike Figaredo, es una persona admirable que está haciendo una gran labor en Camboya. Es difícil no sentir admiración por este hombre cuando se ve lo que ha hecho por los mutilados por las minas antipersona y su empeño en eliminar su uso. Por eso resulta más triste y doloroso leer unas declaraciones suyas en el diario La Nueva España de hoy sobre su primo Rodrigo Rato.
En demasiadas ocasiones los obispos españoles hacen declaraciones polémicas más a tono con su ideología política que con su magisterio. Los católicos españoles, sobre todo los que no tienen unas ideas políticas conservadoras, están acostumbrados a separar el grano de la paja, es decir, a distinguir entre las opiniones políticas de la jerarquía católica de España de los dogmas de su fe.
Sin embargo, las opiniones vertidas por Kike Figaredo en la entrevista citada más arriba se hacen muy difíciles de digerir, por mucha voluntad que se ponga.
Dice Kike Figaredo que su primo Rodrigo Rato es una gran persona que les ha ayudado mucho en su causa y que fue quien promovió la ley para que España prohibiera la fabricación de las minas antipersona. Dice que es un gran trabajador, que se encuentra destrozado con lo que está ocurriendo y, opina el obispo, que es una especie de chivo expiatorio y que hay un ensañamiento social con él.
Qué triste resulta leer estas cosas de una persona de la que se supone que se siente unido a los que más sufren, una persona que sin duda tiene formada una recta conciencia que no solo le permite sentirse inclinado a la caridad, sino que le permite reconocer la injusticia social.
No sé si Kike Figaredo sabe que su primo, Rodrigo Rato, además del uso de su propia tarjeta opaca, como máximo responsable de Caja Madrid y Bankia, también lo era de que más de 80 consejeros y directivos de la entidad disfrutaran de las suyas.
Rodrigo Rato también está siendo investigado por el origen de más de 6 millones de euros que, al parecer, tiene en un paraíso fiscal.
Y mientras Rato y los demás consejeros hacían un uso indiscriminado de sus tarjetas opacas miles de ciudadanos eran engañados con participaciones preferentes y acciones de Bankia que no valían ni el papel en el que estaban hechos los contratos.
Miles de ancianos pensionistas vieron cómo desaparecían los modestos ahorros de toda una vida que deberían servirles para hacer más llevadera su vejez, para no depender sólo de una exigua pensión o para ayudar a sus hijos, víctimas también de los sinvergüenzas que ostentan el poder político y económico en este país.
Hace unos días, en un programa de televisión, entrevistaban a una víctima de las preferentes y le preguntaban su opinión sobre el hecho de que Blesa hubiese gastado 9.000 Eros en una sola noche en el Ritz, gasto que abonó con su maravillosa tarjeta. La respuesta de la anciana fue demoledora: “eso es lo que yo gano en un año”.
¿De verdad existe un ensañamiento con Rodrigo Rato o alguno de los sinvergüenzas que dirigían Caja Madrid, a la que llevaron a la ruina y fue necesario rescatar con una ayuda de 22.000 millones de euros, mientras ellos gastaban nuestro dinero, el de todos los españoles, como si no hubiera un mañana? ¿Ensañamiento social? ¿De verdad, señor obispo?
Parece que sigue habiendo personas que creen que algunos tienen derecho a poseer, disfrutar y usurpar todos los bienes de este mundo por ser especiales, por pertenecer a una clase social superior y que, en el mejor de los casos, por su bondad, se sienten caritativos y ayudan a los más desfavorecidos con la condiciçon de que éstos deben continuar en su resignada pobreza porque ese es el orden lógico de las cosas.
Recomiendo a Kike Figaredo que eche un vistazo a los gastos de casi 100.000 Euros que su primo Rodrigo Rato realizó con su tarjeta black y que está en el siguiente enlace http://www.eldiario.es/economia/cargo-Rato-tarjeta-bebidas-alcoholicas_0_312169051.html#gastos. Quizás así, la próxima vez que le pidan su opinión sea algo más prudente y, al menos, opte por el silencio.

sábado, 11 de octubre de 2014

Información tóxica

Cada vez que en España se produce alguna situación de especial importancia e impacto, ya sea un atentado terrorista, el naufragio de un petrolero o la actual crisis del ébola, los medios de comunicación se lanzan sin control ni medida a, lo que ellos llaman, el seguimiento informativo del acontecimiento.
En estas ocasiones se repite el lamentable espectáculo de comprobar cómo son incapaces de superar su habitual politización y sectarismo. Es más, estos defectos se acentúan espoleados, sin duda, por la ocasión de golpear duramente a los políticos de la cuadra adversaria y por la oportunidad de mejorar con un aumento de las ventas la maltrecha cuenta de resultados o mejorar los índices de audiencia para poder captar más publicidad y cobrar por ella un mayor precio.
El resultado de todo ello es una sobreinformación sin control que termina por convertirse en tóxica.
Los medios de comunicación, la prensa, se ganó la consideración de cuarto poder porque, al margen del judicial, el legislativo y el ejecutivo, tenían la función fundamental en una sociedad libre y democrática de controlar a estos poderes mediante la publicación de la verdad, de poner luz sobre los asuntos públicos, de evitar que la opacidad, la oscuridad o el secretismo permitieran a los que detentaban los otros tres poderes actuar impunemente de espaldas a los intereses de los ciudadanos a los que deben servir.
La prensa, en definitiva, tenía la misión de comunicar a los ciudadanos lo que sucedía con los asuntos públicos para que, correctamente informados, pudieran ejercer con conocimiento de causa la elección de sus representantes.
Pero hace tiempo que los medios de comunicación han abandonado esta función fundamental y se han dedicada a servir a sus propios intereses empresariales siendo complacientes con los partidos que los favorecen con las concesiones de licencias de radio y televisión y con la muy sustanciosa publicidad institucional y de partido. Esta situación también lleva aparejada la otra cara de la moneda: el ataque furibundo al adversario, la amplificación sin piedad de la paja en su ojo y el olvido, el disimulo o, sencillamente, el silencio sobre la viga en el ojo del “amigo”.
La primera víctima de esta situación es la verdad o, mejor dicho, la veracidad. Tiene más importancia buscar la manera de desacreditar al adversario o de tratar de exculpar al aliado que contar los hechos de manera imparcial. El resultado es un cúmulo de información poco o nada contrastada, dar la misma repercusión a las declaraciones de un experto que a la de cualquier persona anónima cuyo único mérito es ser vecino de la zona, trabajador de una empresa relacionada con el lugar donde han tenido lugar los hechos, etc.
A todo ello se unen las tertulias que llenan horas de programación de radio y televisión en las que periodistas o personajes más o menos importantes sin otra relación con los medios de comunicación que ser tertulianos habituales y que lo mismo opinan de la crisis de juego de la selección española de fútbol que de lo acertado de los elementos de seguridad de un tren AVE o de la posible emergencia sanitaria por contagio de ébola.
El resultado de todo ello es que resulta imposible tener una información cierta sobre los hechos.
Es evidente que la prensa tiene sus ideología y que puede interpretar los acontecimientos en función de la misma, pero debe hacerlo por medio de los editoriales o de los artículos de opinión. Pero no debe hacerlo desde la manipulación de la información, el sectarismo o el sesgo informativo.
El caer en todos estos defectos ha traído como consecuencia la pérdida de toda credibilidad ante las personas que desean tener una información veraz e imparcial y, por consiguiente, una crisis empresarial de gran calado.
Los grandes medios, sobre todo los escritos, achacan la culpa de la crisis que padecen a la crisis económica y a internet, y no quieren reconocer que la causa principal es que su sectarismo y su sesgo ideológico han contaminado de tal forma su manera de presentar la información que los lectores que buscan información seria y de calidad les han abandonado, ya que no solo no la encuentran, sino que sienten que intentan manipularles. Esto ha traído consigo la caída de las ventas y con ésta la pérdida de publicidad.
Ahora mismo hay más ideología y sectarismo en los consejos de redacción de los medios de comunicación que en las ejecutivas de los partidos políticos. ¡Así les va!

sábado, 27 de septiembre de 2014

La astucia de Mas

Mas dijo que debían ser astutos para conseguir sus aspiraciones: votar en un referendum para consultar a los catalanes si desean ser independientes. Sin embargo, no se ha mostrado astuto, sino sencillamente pillo. Confundir la astucia con la pillería es algo muy propio de los políticos españoles, los cuales suelen confundir también la inteligencia con la listeza.
Haciendo alarde de saber manejar los tiempos y simulando saber lo que se hacía no hizo otra cosa que esperar a convocar el referendum al día siguiente de la comparecencia de Jordi Pujol en el parlamento catalán con el objetivo de desactivarla ante la opinión pública con la colaboración de los medios de comunicación que, Mas lo sabe bien, corren con la lengua fuera detrás de lo urgente mientras dejan atrás lo importante.
Ayer, en el parlamento catalán compareció Jordi Pujol y se permitió el lujo de no responder a nada de lo que le preguntaron los diputados e incluso de reñirles como si él siguiera siendo el referente moral en el que tan cínicamente se erigió durante sus años al frente de la Generalitat.
Pero si esto fue vergonzoso, lo fue mucho más el comportamiento de CiU que, por medio de su portavoz, dio cobertura a Jordi Pujol a quien no hizo una sola pregunta y dedicó su intervención a criticar a la oposición.
Así, con ese comportamiento, según los independentistas catalanes, tan español, es como dicen que quieren crear un país nuevo, un nuevo estado alejado de la corrupción y la caspa de los modos de hacer política en España.
No hay nada en la política catalana que, por mucho que ellos interesadamente repitan, los diferencie de la española. Tienen tanta corrupción como en el resto del país y, a la hora de afrontarla, hacen también como PP y PSOE, airear las vergüenzas de los adversarios y ocultar las propias.
Para cualquier español que tenga interés en Cataluña, viva o no esa comunidad autónoma y sea partidario o no de que se celebre una consulta y sea independentista o unionista, la burda estratagema de Mas tratando de tapar la corrupción que se ha destapado con el caso Pujol con la convocatoria del referendum, abusando así de los sentimientos de los catalanes de buena fe que desean la independencia o, siendo contrarios a ella, sí creen necesario dar su opinión al respecto en una consulta democrática, ha de resultar particularmente odiosa.
¿Eso era lo que él llamaba astucia?, ¿una pillería encaminada a tapar el ruido del caso Pujol en los medios con la noticia de la convocatoria del referendum?
Hay que subestimar mucho a los ciudadanos demostrando tanto desprecio por su inteligencia.

miércoles, 13 de agosto de 2014

El cura del ébola

Ha muerto Robin Williams y la redes sociales se han llenado de homenajes, de recuerdos de sus mejores películas y personajes. En pocos se habla de la persona porque pocos lo conocían de verdad, pero sus interpretaciones nos habían ayudado a sentirnos mejor con nosotros mismos. Nos hacía sentir lo que que sentía su personaje y, de alguna manera, nosotros también éramos la persona valiente, arriesgada, sensible, que representaba en cada caso… Éramos mejores. Esa es la magia del cine, de la interpretación.
Robin Williams, al parecer, vivió una vida complicada y buscó soluciones donde solo hay problemas, quizás porque no podía vivir la vida a pelo, como la vivimos la mayoría que, gracias a Dios, somos un poco más fuertes y no necesitamos más (ni menos) muletas que una mano amiga, un hombro sobre el que descargar nuestras aflicciones en los momentos más duros.
Todo esto viene a cuento porque las personas nunca dejan de sorprenderme y aunque entiendo todos los recuerdos y sentidas condolencias de las personas que quieren dejar patente su admiración por el actor, me resulta tremendamente llamativo que otra muerte, en este caso de una persona extraordinaria que decidió dedicar su vida a los más pobres y se fue a vivir con ellos para ayudarles, para sufrir con ellos, para compartir su desdicha, su vida carente de todo lo que en nuestro primer mundo consideramos mínimos vitales, haya pasado mucho más desapercibida.
Esa persona admirable, produjo, sin quererlo, ríos de comentarios polémicos por la decisión del gobierno de repatriarlo. Se criticaba el gasto que suponía cuando aquí (siempre nuestro ombligo) se recortaban gastos en sanidad. Se alarmaban por el riesgo al que se exponía a la población (más ombligo) al estar contagiado con un virus tan letal.
La muerte del padre Miguel Pajares, a pesar de la repercusión de su traslado a España hace apenas una semana, ha tenido muy poco eco en la redes sociales. He visto un breve y escueto comentario que no sé si era deliberadamente descarnado: “ha muerto el cura del ébola”.
Es una lástima que Robin Williams ya no pueda representar el papel del padre Miguel Pajares, por lo que ya no podremos sufrir con él la calamidades de su dedicación a los pobres, no podremos apreciar el valor de una persona entregada a los demás con toda sencillez y humildad.
Mientras no aparezca una producción de Hollywood en la que un gran actor represente en la ficción la vida del padre Miguel Pajares seguiremos leyendo artículos miserables en los que se despreciará la entrega de esta persona por los demás, en los que se criticarán los medios empleados para su repatriación a España y los gastos en los que se ha incurrido para tratar de salvar la vida al cura del ébola.
La vida entregada hasta morir de la misma enfermedad que ya ha matado a miles de africanos contrasta fuertemente con el comportamiento miserable de los que, cegados por su cobardía y sectarismo, son incapaces de reconocer el valor de otras personas que no esperan ninguna recompensa, ni tan siquiera la admiración que deberían despertar en todos nosotros.
Si no hubiera sido por el ébola, el padre Miguel habría fallecido dentro de algunos años en el mismo completo anonimato en el que vivió. Sería un desconocido para todos salvo para aquellos a los que él quiso dedicar toda su vida intentado hacérsela un poco más llevadera.